Mis días de pornógrafo

15/04/16
Mis días de pornógrafo

(Foto: Archivo Cuartoscuro)

Por Sergio Zurita

@szurita

Dramaturgo, director y actor. Hablador profesional (en radio). Escribe textos como “Bob Dylan Redeems Las Vegas”, que fue retomado por bobdylan.com.

En primero de secundaria, no tenía nada que mis compañeros quisieran, pero ellos sí tenían cosas que yo deseaba. Un cretino igualito a Millhouse tenía un libro con fotos fabulosas de Star Wars que no me prestaba. Otros tenían Sweetarts, Nerds y otras golosinas gringas que yo codiciaba y no conseguía. Hasta que llegó Juanito.

Era el portero de la privada donde yo vivía. Me gustaba ir a la caseta de vigilancia a escuchar sus palabras, que seguramente eran incoherencias, porque casi siempre estaba borracho. Pero a mí me sonaban a las frases de Yoda (que también son puras incoherencias). Un día, el Jedi Juanito decidió que yo estaba listo, me pidió todo mi dinero y se fue a Tepito. Regresó con un par de películas pornográficas en videocasets Beta y me las entregó.

Después de dos semanas de no salir de mi casa más que para ir a la escuela, le mostré a Millhouse una de las películas. Al día siguiente, el libro de Star Wars estaba en mi buró junto con un tubo de Sweetarts. “Grande ahora es la Fuerza en mí”, pensé.

No sé si esta historia tiene moraleja, pero aparece mi amigo Joaquín, así que supongo que sí. Joaquín era la clase de sujeto que entraba a una casa, se metía a la cocina, ponía el comal sobre la estufa, echaba tortillas de harina, queso y jamón y luego preguntaba: “¿qué onda, güey? ¿Nos hacemos unas sincronizadas?”.

La videocasetera de Joaquín estaba en la recámara de su mamá y ella trabajaba en casa, pero eso no iba a detener a mi amigote. Un día estábamos en mi recámara y me pidió que pusiéramos una de mis películas porno. La empezamos a ver. Entonces, él me informó que se iba a hacer una chaqueta.

Yo me horroricé, pero no permití que se me notara, así que le pregunté, muy natural: “¿y dónde te vas a venir?”. Él se alzó la playera hasta el cuello y respondió, dándose palmadas en el esternón: “aquí”. Sin esperar mi aprobación, comenzó a hacer mal uso de su espada láser. Como yo no sabía qué hacer, en algún momento quise iniciar una plática. “´pérate, que ya estoy en lo rico”, me dijo, y eyaculó donde había prometido.

Creo que ya sé cuál es la moraleja: si te vuelves dealer, los junkies irán a tu casa a buscar su dosis como sea y a la hora que sea.